Manuel Ballbé

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E.ON y “Alemania por encima de todo”

th[4]  22/5/2006

Manuel Ballbé. Catedrático de Derecho de la Universidad Autónoma de Barcelona

La letra del himno nacional “Deutschland uber alles” está prohibida en Alemania por sus connotaciones nazis. Pero permanece, tanto la música como su espíritu de invasión y dominio hegemónico como muestra el caso E.ON. Se está implantando una alemanización económica de Europa y no una europeización de Alemania, como alertaba Thomas Mann. Estremece comprobar que los nazis diseñaron una unión europea, incluso con moneda única, como han destacado profesores de Derecho alemán en su Congreso de 2000.  Asimismo, Laughland en “La fuente impura”. Los orígenes antidemocráticos  de la idea europeísta muestran las intenciones hegemonistas de Alemania, renunciando a un liderazgo político a cambio de un predominio económico.

Las premisas económicas del nazismo las expresó el presidente del Bundeskartellamt: “Se favoreció una concentración sin precedentes tanto en la industria como en el comercio, prensa y banca. Antes de 1933 apenas había competencia porque el mercado estaba prácticamente carcomido y vaciado. Así también el ámbito económico se les presentó fácil a los nazis. En 1933 promulgaron una ley de creación de cárteles que beneficiaba a sus empresarios. Quedó suprimido el último residuo de la competencia”.

A los economistas les cuesta comprender que las reglas genuinas del mercado son las del derecho de la competencia, y que éstas responden a los valores político-constitucionales del pluralismo y “checks and balances” (frenos y equilibrios de poder). Es decir, se basa en evitar la concentración de poder ya sea de un monopolio religioso, político o económico. En EEUU, el padre de la  constitución de 1787, Madison, expresó cómo las leyes antimayoría y de fragmentación del poder serían la base de la democracia tanto política como económica: “Los monopolios son sacrificios de muchos en beneficio de unos pocos. Cuando el poder reside en esos pocos se sacrifica a muchos con sus parcialidades y corrupciones”. En la Europa alemanizada seguimos olvidando esta tradición legendaria que se materializó en la aún vigente ley de defensa de la competencia (“antitrust”) americana de 1890, que sigue causando pesadillas a gigantes como Microsoft. Esta regulación del mercado contenía un principio nuclear que expresó Sherman, autor de la ley: “Si no toleramos un rey absoluto en la política, tampoco debemos tolerar un rey absoluto en la economía, ni someternos a un autócrata del comercio o de la industria con poder para impedir la competencia y fijar los precios de cualquier producto”.

La Alemania de los años 30 representó lo contrario: configuró deliberadamente concentraciones y cárteles. Para combatir el nazismo, la respuesta más adecuada de la Europa libre y de EEUU fue precisamente establecer un sistema económico plural y competitivo que impidiera un nuevo resurgimiento del hegemonismo alemán. Garrigues, con agudeza, dijo que “los soldados norteamericanos entraron en Alemania con la Ley Sherman en sus mochilas”.

Se ha dicho que el gobierno español va contra el espíritu del Tratado de Roma. Sin embargo, se olvida que precisamente el objetivo del Tratado del Carbón y del Acero fue prevenir una dominación de Alemania en estos sectores. Seguimos sin tener en cuenta que la Unión Europea no es la imposición de un mercado único y, menos, euroalemán, sino que se asienta bajo el principio del equilibrio de poderes entre los estados miembros y los grupos económicos de los diferentes países. Se trata del aseguramiento de una coparticipación y una cierta paridad para que los grandes no puedan comerse a los pequeños. Si  se entiende la Unión como una neocentralización y uniformización política o económica –como pretenden algunos comisarios europeos- se vulnera el principio –que forjó EEUU y que ha regido la UE- “e pluribus unum”, es decir, la consecución de la unidad a través del mantenimiento de un delicado equilibrio de grupos políticos y económicos.

El “capitalismo de amiguetes”: del escándalo ENRON a E.ON. Este expresivo término acuñado por el Nobel de economía Stiglitz critica la concepción de un idealizado libre mercado de la energía. Este modelo auspició un contubernio político-financiero que provocó fusiones que sustituyeron empresarios por especuladores. Todo ello dio funestos resultados como la quiebra de ENRON –empresa eléctrica que había financiado a Bush- y la crisis energética de California. Europa no aprende la lección y está diseñando un mercado  único de la energía con oscuras conexiones  político-financieras y no con auténticas empresas en igualdad de condiciones  para competir.

No hay que olvidar que el gigante E.ON es producto de una fusión con Ruhrgas en 2002, a pesar de la férrea oposición de sus comisiones reguladoras por vulnerar las reglas de la competencia. Los expertos ya vaticinaban que esta liberalización potenciaría las especulaciones oportunistas y haría subir los precios. El gobierno alemán hizo oídos sordos y aprobó la fusión por razón de interés público y economía nacional justificándola en que Alemania necesitaba un “global player” ante la competencia mundial, o de lo contrario E.ON podría ser absorbida por otra empresa extranjera tal y como indicaba el informe del economista Sinn. Este argumento, por reciprocidad, debe aplicarse en España para impedir la OPA de E.ON y conseguir un equilibrio frente a los gigantes del Norte.  Es legítima una concentración  para construir un jugador global, pero no a costa de los demás estados miembros. En todo caso, esta operación ha tenido una estrategia corrupta que ya nos describió otro Nobel, Stigler, en la “teoría de la captura del regulador por el regulado”: los políticos y reguladores en el  poder dictan unas normas favorecedoras de los intereses de una empresa poderosa para posteriormente, con la técnica del “revolving door”, terminar sus días  bien colocados en la empresa regulada. Así ha sido. Tanto el ministro, Müller, como el secretario de Estado de Economía, Tacke, que aprobaron la fusión, están hoy en la nómina de E.ON. Pero esta maniobra deliberada de dominación nacionalista y corrupción culminó con el pacto del canciller Schröder y Putin para construir un gasoducto directo por el Báltico desde Rusia hasta Alemania. Así, ésta monopolizará la distribución del gas a toda Europa. Como se ha dicho, este pacto tiene muchas similitudes con el de Hitler y Ribbentropp con Stalin y Molotov. Tal acuerdo geoestratégico sólo se podía hacer implicando a toda la UE. La vulneración de las reglas de lealtad y cooperación en la UE, es evidente, quedando sometidos todos los europeos, por interés de Alemania, al monopolio estatal ruso (Gazprom), una verdadera KGB tanto en métodos como en fines, como hemos visto con el gasoducto a Ucrania y Georgia. El colofón de estas combinaciones fue que Schröder dejó la cancillería y se colocó en la sociedad ruso-alemana para construir este estratégico gaseoducto que, casualmente, está adjudicado a E.ON-Basf, que dispone de un 49% de las acciones.

El ansia monopolista de E.ON llega al tercer gasoducto ya construido hasta Turquía. Gazprom ha decidido alargarlo hacia Europa entrando por Hungría, y no es casualidad que sea después de la fusión EON-Ruhrgas, y el aumento de precios que dio la suficiente liquidez a E.ON para engullir las empresas de energía de la mayoría de países del Este, incluida Hungría. Así se cumplimenta otro principio prohibido por las mismas connotaciones avasalladoras: “Drang nach ostén” o “conquista de las fronteras del Este”, ahora económicas. Este arraigado lema provenía de la orden religioso-militar teutónica desde 1200. Con la OPA de E.ON parece que el principio se extiende a la conquista hacia el Sur. Por tanto, las tres tuberías confluirán en una intolerable concentración  del poder alemán de E.ON.  El ethos que revelan las prácticas de esta empresa son similares a las de ENRON, y si no se ponen límites a su abusivo poder está claro que puede tener el mismo fin y desencadenar una crisis energética europea de mayor proporción que la de California, porque allí no se  generalizó a todo el país debido a que el federalismo americano respeta la “inmunidad soberana” de los 50 estados en materia de servicios como la energía y, por tanto, no permite un centralismo y uniformismo económico como pretende ahora la UE.

Sería ingenuo pensar que los ciudadanos de Europa y del mundo van a a aceptar que la globalización se convierta en la americanización y la europeización en la alemanización pura y dura, donde sus multinacionales puedan devorar todo lo que venga en gana con artimañas contrarias a las reglas del mercado. Como se ha dicho, la ley del mercado no es la ley del oeste, ni se puede tolerar el “cowboy capitalism”, ahora de patrón alemán que tan expresivamente denuncia el título del libro de Gersemann. Pero hay otra Alemania pluralista, federal y con el espíritu de Augsburgo de 1648 de coparticipación paritaria e integración de los grupos religiosos, políticos y económicos, que es precisamente lo que la ha hecho grande y admirada. El dilema europeo y alemán está en si se gobernará “sobre” o “con” los estados miembros, como España, que es lo que hará fuerte a Europa.

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